México, un país históricamente complejo y de debates violentos.
Fecha: Agosto 8, 2008
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Por Raúl Ramírez
México siempre ha sido un país complejo. La sociedad mexicana ha vivido, de forma constante, varios periodos de definición e importancia histórica en los que se ha visto envuelta en conflictos que la han dividido y medio vuelto a unir; una y otra vez. Esto se ha dado desde la independencia de España hasta la actualidad, tal vez gracias a nuestra gran diversidad y contrastes.
Solo hace 150 años el país vivió una guerra por su definición como conservador o liberal, una que dio como resultado, entre otras cosas, la invasión francesa, la instauración del Segundo Imperio Mexicano y la gran batalla del gobierno de Juárez contra Maximiliano por recuperar el país.
Menos de 100 años ha sido el tiempo transcurrido desde que Victoriano Huerta asesinó a Madero y tomo el poder; clausurando el congreso e iniciando una cacería de brujas contra aquellos que se le opusieran. Uno de ellos sería Belisario Dominguez, senador por Chiapas, quien termino siendo brutalmente asesinado por haber criticado al gobierno de Huerta.
La expropiación petrolera tiene 70 años. El 2 de octubre apenas ha cumplido 40 y el jueves de corpus unos 3 años menos. Desde entonces iniciaría la lucha popular en contra del partido de estado y apenas podemos contar 20 años desde que debió de haber habido alternancia (Cardenas, 88) y 8 desde que se pudo tener (Fox, 2000).
Las luchas por la definición del país han sido constantes, los periodos históricos tal vez han sido un poco cortos y continuos. La sociedad no ha descansado y con lo que viene enfrente no parece que vaya a descansar.
Hoy mismo, el país se ve enfrascado en un debate amorfo sobre una posible reforma energética. Es amorfo porque carece de contenidos y solo se ha enfocado en rumiar el sentimiento nacionalista de un México y un mundo que dejo de existir hace mucho tiempo. Los partidos se han dedicado a descalificar las posturas de los demás; unos acusando de obstaculización y otros acusando de traición a la patria. En las calles, el neotribuno de la plebe, AMLO, grita a los cuatro vientos “Pemex se defiende” sin explicar claramente de que se está defendiendo. El PT, a través de spots de radio, afirma que nos han vendido mentiras desde que nacionalizaron los ferrocarriles y la banca y también cuando volvieron a privatizar a la banca y de paso a Telmex; acusando de este último que las tarifas no han bajado sin recordar que antes de su privatización el minuto de larga distancia costaba 5 veces más.
Este debate energético, segmento del periodo de definición en el que hemos entrado desde la reciente elección presidencial, no carece del sentido violento y del efecto separador que tuvieron procesos pasados como los citados aquí. Y no creo que esto sea un problema, México ha vivido estos procesos y ha salido, dentro de lo que cabe, bien de ellos. Más bien, creo que lo que se ha vuelto un problema es la forma de llevar a cabo estas discusiones.
En el párrafo anterior en el que menciono las actitudes de los políticos y la forma en la que AMLO y el PT, respectivamente, atacan a las iniciativas energéticas, lo hice para ejemplificar los intentos de formar prejuicios en la mente de los ciudadanos. Obviamente, la mejor forma de lograr que la gente crea que atacan a Pemex es pedirles que la defiendan y por el lado del PT, apelar al miedo que los mexicanos le tenemos a nuestro pasado es una buena forma de generar rechazo a las iniciativas que se puedan hacer ahora. Pero no porque sean tácticas efectivas se hacen buenas. Si López Obrador y los partidos que lo siguen creyeran más en su gente, podrían exponer su rechazo a través de argumentos sólidos y sin su característica demagogia. Pero, parece que creen que sus seguidores no podrían entenderlos o tal vez saben que podrían hacerlo y tienen miedo de que, en un análisis personal, la gente deje de tener miedo por un cambio en Pemex y apoye alguna reforma que deje bien parados a los demás partidos ante la opinión pública. Las dos suposiciones son pésimas y si alguna de estas es cierta entonces el PRD y los partidos del FAP no son una buena opción de gobierno para México.
Para concluir, la situación actual y su circunstancia son muy difíciles de comprender, entre otras cosas, porque todos somos parte de esa circunstancia y para comprender algo se tiene que tener, aunque sea de forma ficticia, cierto alejamiento de ello. Pero, mientras sigamos dentro de este proceso, iniciado en unas elecciones que dejaron a un país partido en dos, tenemos que pedir de nuestros gobernantes actitudes maduras y debates de altura que generen soluciones reales a los problemas que vive nuestra nación; dejando atrás las posturas políticas y los destapes de los próximos candidatos a la presidencia.
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